
Un ciervo, acosado por los perros y cegado por el miedo al peligro en el que se encontraba, buscó refugio en un corral. Se escondió en un cobertizo entre los bueyes. Uno de los bueyes le advirtió amablemente: "Oh, criatura desdichada, ¿por qué, por tu propia voluntad, incurres en la destrucción y te refugias en la casa de tu enemigo?"
El ciervo respondió: "Por favor, querido amigo, permíteme quedarme donde estoy. Encontraré una oportunidad favorable para escapar". Al acercarse la noche, el pastor llegó a alimentar a su ganado, pero no vio al ciervo. Incluso el capataz de la granja, junto con varios trabajadores, pasaron por el cobertizo y no lo notaron.
Sintiéndose aliviado y felicitándose por su seguridad, el ciervo comenzó a expresar su sincero agradecimiento a los bueyes que amablemente lo habían ayudado en su momento de necesidad. Uno de los bueyes respondió: "Realmente te deseamos lo mejor, pero el peligro no ha terminado. Todavía falta uno por pasar por el cobertizo, quien tiene, por así decirlo, cien ojos. Hasta que él haya venido y se haya ido, tu vida sigue en peligro".
En ese momento, el propio dueño entró al cobertizo. Quejándose de que sus bueyes no habían sido alimentados adecuadamente, se acercó a sus pesebres y exclamó: "¿Por qué hay tan poca comida? No hay ni la mitad de la paja suficiente para que se acuesten. ¡Esos holgazanes ni siquiera han barrido las telarañas!".
Mientras examinaba todo a su alrededor, vio las puntas de los cuernos del ciervo asomándose entre la paja. Llamando a sus trabajadores, les ordenó que capturaran al ciervo y lo mataran.
La moraleja de la historia es que uno no puede escapar del peligro escondiéndose entre enemigos, ya que la verdadera seguridad requiere vigilancia y conciencia de las amenazas circundantes.
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