
Las Avispas y las Perdices, abrumadas por la sed, se acercaron a un Granjero y le suplicaron que les diera un poco de agua para beber. Prometieron pagarle generosamente por el favor que le estaban pidiendo.
Las Perdices declararon que cavarían alrededor de sus vides para ayudarlas a producir uvas más finas. Mientras tanto, las Avispas intervinieron, diciendo que vigilarían su propiedad y ahuyentarían a cualquier ladrón con sus picaduras.
Sin embargo, el Granjero las interrumpió, diciendo: "Ya tengo dos bueyes que, sin hacer promesas, hacen todas estas cosas. Seguramente es mejor para mí darles el agua a ellos que a ustedes."
De esta manera, el Granjero priorizó la confiabilidad sobre las promesas vacías, demostrando que las acciones hablan más que las palabras.
La moraleja de la historia es que las acciones hablan más que las promesas; aquellos que entregan resultados sin condiciones son más valiosos que aquellos que solo ofrecen garantías vacías.
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