Una fábula de Ambrose Bierce
Sátira para lectores mayores

Un funcionario estatal, llevando la cúpula del Capitolio, se encontró con el fantasma de su predecesor. Esta figura espectral había emergido de su tumba política para entregar una advertencia: Dios lo estaba observando.
El encuentro tuvo lugar en un lugar desolado a medianoche, creando una atmósfera inquietante. Al dejar la cúpula en el suelo, el funcionario estatal exigió que el supuesto viajero levantara las manos. El fantasma, impasible, respondió que no se las había comido.
Mientras el fantasma explicaba la situación, otro funcionario estatal apareció en silencio, agregando la cúpula a su propia colección, sin que el primer funcionario se diera cuenta.
La moraleja de la historia es que la codicia y la corrupción pueden llevar a la caída de uno, ya que la búsqueda del interés propio a menudo resulta en traición y pérdida.
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