Una fábula de Ambrose Bierce
Sátira para lectores mayores

La ciudad de Gakwak estaba a punto de perder su estatus como capital de la provincia de Ukwuk. En respuesta, el Wampog emitió una proclamación convocando a todos los residentes varones para una reunión del consejo en el Templo de Ul con el fin de idear medios de defensa.
El primer orador propuso que la mejor acción sería ofrecer un burro frito a los dioses. El segundo orador sugirió una procesión pública, encabezada por el propio Wampog, llevando el Santo Atizador sobre un cojín hecho de tela de latón. Otro residente recomendó enterrar un topo escarlata vivo en el parque público, acompañado de un encantamiento adecuado recitado sobre los restos. El cuarto orador aconsejó que las columnas del capitolio fueran frotadas con aceite de perro por alguien con un bigote en la pantorrilla.
Después de que todos hubieran compartido sus ideas, un Anciano se levantó para hablar. "Alto y poderoso Wampog y conciudadanos", comenzó, "he escuchado atentamente todos los planes propuestos. Cada uno parece sabio, y no dudo de que cualquiera de ellos podría ser efectivo. Sin embargo, no puedo evitar pensar que si colocáramos una raza mejorada de renacuajos en nuestra agua potable, construyéramos caminos más superficiales, arregláramos las vacas de la calle, ofreciéramos al extraño dentro de nuestras puertas una elección libre entre el puñal y la poción, y renunciáramos a nuestro sistema privado de moral, las otras medidas para la seguridad pública se volverían innecesarias".
El Anciano estaba a punto de elaborar más, pero la reunión se levantó informalmente para barrer el piso del templo, ya que los hombres de Gakwak eran conocidos por ser las amas de casa más ordenadas de toda la provincia. En un giro humorístico, el último orador del día fue la escoba.
La historia destaca la importancia de las soluciones prácticas sobre los rituales superficiales, enfatizando que el verdadero progreso requiere un cambio significativo en lugar de meras apariencias.
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