
Un hombre que había viajado a tierras extranjeras regresó a su país natal, presumiendo de las muchas hazañas maravillosas y heroicas que había logrado en los diversos lugares que visitó. Entre otras afirmaciones, declaró que mientras estaba en Rodas, había saltado una distancia tan grande que ningún hombre de su época podría igualarla. Insistió en que había muchos testigos en Rodas que podían dar fe de su notable salto.
Mientras continuaba presumiendo, uno de los espectadores lo interrumpió, diciendo: "Ahora, buen hombre, si todo esto es cierto, no hay necesidad de testigos. Supongamos que esto es Rodas, y salta para nosotros".
Este encuentro sirve como un recordatorio de que aquellos que realmente sobresalen en sus esfuerzos no necesitan presumir de sus logros; sus acciones hablan por sí mismas.
Las acciones hablan más que las palabras; la verdadera habilidad no requiere alardes.
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