
La granada y el manzano estaban enfrascados en una acalorada disputa sobre cuál de ellos era el más hermoso. Cuando su argumento llegó a su punto máximo, una zarza del seto vecino decidió intervenir.
Con un tono presumido, la zarza exclamó: "Os ruego, queridos amigos, que en mi presencia al menos cesen de tales vanas disputas".
La interrupción de la zarza sirvió para resaltar lo absurdo de su pelea, recordándoles que la belleza suele ser subjetiva y que cada uno de ellos tiene su encanto único.
La moraleja de la historia es que aquellos que son menos dignos a menudo son los que más alardean, recordándonos que debemos enfocarnos en nuestras propias cualidades en lugar de participar en comparaciones infructuosas.
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