
Un divino célebre, habiendo afirmado la falibilidad de la Biblia, fue preguntado por qué continuaba predicando la religión fundada en ella.
"Si es falible," respondió, "hay aún mayor razón para que yo la explique, para que no engañe a otros."
Su interlocutor, intrigado, respondió: "Entonces, ¿debo inferir que usted no es falible?"
El divino sonrió y dijo: "Debes inferir que no soy pneumófago."
La moraleja de la historia es que reconocer las propias limitaciones no anula la responsabilidad de brindar orientación y comprensión a los demás.
Publicidad
Mañana por la noche: El Zorro y la Grulla