
Un orador, afligido por la atrofia del órgano del sentido común, se levantó en su lugar en los salones de la legislación y señaló con orgullo su Escudo Inmaculado. Sin embargo, cuando notó lo que presumía ser el dedo del desdén dirigido hacia él, el Escudo Inmaculado se ennegreció de rabia.
Al ver que el Escudo Inmaculado cambiaba de color, el orador se convenció de que el oscurecimiento era el resultado de sus propias fechorías que se filtraban a través del encubrimiento. Abrumado por la mortificación, cayó muerto en el suelo. Sus colegas, al presenciar el colapso del orador e interpretarlo como otro caso de atrofia del órgano del sentido común, resolvieron que cada vez que se levantaran por fatiga, lo harían en respeto a la memoria del hombre que tan a menudo los había fatigado.
La historia ilustra la necedad del orgullo y las consecuencias de carecer de autoconciencia, destacando finalmente cómo la ignorancia puede conducir a la caída de uno.
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