Una fábula de Ambrose Bierce
Sátira para lectores mayores

Al enterarse de que la Legislatura había levantado la sesión, los habitantes de un Distrito de la Asamblea celebraron una reunión masiva para idear un castigo adecuado para su representante. Varias propuestas se lanzaron al aire mientras los oradores expresaban su indignación. Uno sugirió que lo desentrañaran, mientras que otro propuso que lo hicieran correr la gauntleta. Algunos favorecieron el ahorcamiento, y otros pensaron que sería apropiado que apareciera vestido con un traje de alquitrán y plumas.
Entre la multitud había un anciano, conocido por su sabiduría y su tendencia a babear en la parte delantera de su camisa. Sabiamente sugirió que primero atraparan a su liebre antes de decidir un castigo. En respuesta, el Presidente nombró un comité para vigilar al representante a medianoche, planeando apresarlo mientras intentaba colarse en la ciudad desde el cercano pantano de tamarack.
Justo cuando la reunión estaba ganando impulso, fueron interrumpidos por el inconfundible sonido de una banda de música que se acercaba. Para su asombro, su deshonrado representante llegaba en un gran carruaje tirado por cuatro caballos desde la estación de ferrocarril, acompañado de música animada y una vibrante pancarta.
Unos momentos después, entró en el salón, subió al estrado y declaró que era el momento más orgulloso de su vida. La multitud estalló en vítores, olvidando momentáneamente sus planes de venganza.
La historia ilustra cómo la indignación pública puede transformarse rápidamente en admiración ciega, destacando la naturaleza voluble de la opinión pública y la desconexión entre los representantes y sus constituyentes.
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