
El comprador de un sirviente negro estaba convencido de que el color de su piel era simplemente el resultado de la suciedad acumulada por el descuido de sus amos anteriores. Al llevar al sirviente a casa, empleó todos los métodos posibles para limpiarlo, sometiendo al hombre a fregados implacables.
A pesar del intenso fregado, el sirviente contrajo un resfriado severo, pero el color de su piel y su complexión permanecieron inalterados. Esta situación destacó una verdad profunda: lo que está en los huesos, se queda en la carne.
La moraleja de la historia es que las cualidades o características inherentes no pueden ser cambiadas por tratamientos o esfuerzos superficiales.
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