
Una cabra salió a llenar su bolsa de leche vacía y a pastar en la hierba recién brotada. Aseguró bien el cerrojo y advirtió a su cabrito, diciendo:
"No abras la puerta, por tu vida, a menos que te muestren esta señal y te digan esta contraseña: '¡Peste al lobo y a su raza!'"
Mientras decía estas palabras, el lobo, que por casualidad merodeaba por allí, escuchó sus palabras y las guardó en su memoria. La cabra, como es de suponer, no había visto a la bestia glotona.
Tan pronto como ella se marchó, el lobo cambió su voz y, en un tono fingido, pidió que lo dejaran entrar, diciendo:
"¡Peste al lobo!"
Creyendo que lograría entrar, se sorprendió cuando el astuto cabrito miró por la rendija y gritó:
"¡Muéstrame tu pata blanca, o no abriré!"
(Todos saben que una pata blanca es una rareza entre los lobos.)
El lobo, horrorizado al escuchar estas palabras, se escabulló a casa por el mismo camino por el que había venido.
¿Dónde estaría ahora el cabrito si hubiera creído en la contraseña que el lobo había escuchado? Dos garantías son mejor que una; incluso una tercera no sería excesiva. Siempre es mejor estar seguro que lamentarse.
La historia enfatiza la importancia de verificar identidades y ser cauteloso, ya que confiar únicamente en las palabras puede llevar al peligro.
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