Una fábula de Ambrose Bierce
Sátira para lectores mayores

Un tigre devorador de hombres estaba devastando el Reino de Damnasia, causando gran preocupación por las vidas y miembros de los súbditos reales del Rey. En un intento desesperado por proteger a su pueblo, el Rey prometió a su hija, Zodroulra, a cualquier hombre que pudiera matar a la bestia.
Pasaron los días, y finalmente, un hombre llamado Camaraladdin se presentó ante el Rey, reclamando la recompensa. El Rey, intrigado pero escéptico, preguntó: "Pero, ¿dónde está el tigre?"
Con un aire dramático, Camaraladdin respondió: "¡Que los burros canten sobre la tumba de mi tío si me atreví a acercarme a una legua de él!"
Indignado, el Rey desenvainó su consolador-en-casos-de-decepción y exclamó: "¡Miserable! ¿Cómo te atreves a reclamar a mi hija cuando no has hecho nada para ganarla?"
Camaraladdin, imperturbable, respondió: "Tú eres más sabio, oh Rey, que Salomón el Grande, y tu siervo es como polvo en la tumba de tu perro, sin embargo, te equivocas. Es cierto que no maté al tigre, pero ¡mira! Te he traído el cuero cabelludo del hombre que había acumulado cinco millones de piezas de oro y buscaba más."
Furioso, el Rey desenvainó su consolador-en-casos-de-decepción y, decapitando a Camaraladdin, declaró: "Aprende, villano, la conveniencia del celo imprudente. Si se hubiera dejado al millonario en paz, él habría devorado al tigre."
La moraleja de la historia es que la ambición imprudente y la codicia pueden llevar a consecuencias no deseadas, y a veces es mejor dejar ciertos asuntos en paz en lugar de perseguirlos con un celo imprudente.
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